viernes, 18 de octubre de 2013

¿Por qué las manifestaciones populares pierden fuerza en Brasil?


Luego de las manifestaciones que colmaron las calles de las principales ciudades brasileñas en junio y julio, parecía que las marchas seguirían hasta que algo ocurriese. Bueno, nada concreto ocurrió, y las marchas perdieron fuerza. Al mismo tiempo se registró otro fenómeno que pasó a ocupar la atención: grupos que salen a las calles destrozando todo lo que esté a su alcance. El impacto de manifestaciones multitudinarias se desvanece mientras empieza a predominar el rechazo de la opinión pública a la actuación de grupos cuyos propósitos nadie parece entender. -


Eric Nepomuceno
Luego de las manifestaciones que colmaron las calles de las principales ciudades brasileñas en junio y julio, parecía que las marchas seguirían hasta que algo ocurriese. Bueno, nada concreto ocurrió, y las marchas perdieron fuerza. Al mismo tiempo se registró otro fenómeno que pasó a ocupar las atenciones: grupos que salen a las calles destrozando todo lo que esté a su alcance. Así, el impacto de manifestaciones multitudinarias se desvanece mientras empieza a predominar el rechazo de la opinión pública a la actuación de grupos cuyos propósitos nadie parece entender.


Suelen surgir en bandos de entre 100 y 200, principalmente en Río y Sao Paulo. Ropas negras, mochilas negras, máscaras negras, banderas negras y escudos de cualquier color, creados a partir de placas de publicidad o de paradas de autobús; caminan en bloque hasta que de repente se dispersan y empiezan a atacar sucursales de bancos, edificios públicos, comercios y luego lo que sea.
Son los black blocs y han comprobado su poder de llamar la atención. La gran prensa los califica de vándalos. Ellos se definen como anarquistas que luchan contra el sistema. ¿Cuál sistema? Ese que nos domina. Es decir, el capitalismo. De ahí la preferencia por los establecimientos bancarios, símbolo más visible del sistema.
En su más reciente irrupción en Río de Janeiro, el pasado lunes 7 de octubre, en poco más de dos horas atacaron 13 sucursales bancarias en el centro de la ciudad. Y, ya que de atacar al capitalismo se trata, también fueron destruidas y saqueadas tiendas de una operadora de telefonía celular, un local de McDonald’s, dos oficinas de compañías aéreas, dos bares, un restaurante, un número no contabilizado de quioscos de revistas y paradas de autobús, la cámara de concejales municipales, el teatro municipal (casa de ópera y música clásica) y, como daño colateral, porque así son las guerras, la fachada del consulado de Angola.
Era una marcha de profesores municipales y estatales, en huelga desde hace un mes contra la ausencia de una política educacional y principalmente laboral satisfactorias.
La radicalización de los sindicatos y la intransigencia de los gobiernos hacían prever una marcha tensa, pero los maestros hicieron gala del tan loado humor de los cariocas, y todo se deslizó pacíficamente hasta casi el final. Y entonces empezó la violencia, esta vez con derecho a transmisión directa por la televisión.
La actuación de los black blocs dejó de ser un fenómeno incipiente, como en las primeras manifestaciones de junio, para transformase en ingrediente indispensable en las marchas de protesta o reivindicación. La población de las grandes ciudades trata de decidirse entre seguir respaldando las manifestaciones y repudiarlas a raíz de la violencia y los actos de vandalismo.
Los black blocs no tienen liderazgo conocido, no envían mensajes a la opinión pública, no hablan con periodistas, no buscan dialogar con ninguna institución y no tienen otra organización que convocarse vía Internet.
Siguen a sus pares que actúan en otras latitudes, de Egipto a Grecia, de Estados Unidos a Turquía. No se trata de la violencia espontánea de grupos populares iracundos: dicen los que los estudian (porque ya los hay) que la violencia de los black blocs busca responder a la creciente insatisfacción global con los gobiernos y las economías de prácticamente todo el mundo.
Uno de esos estudiosos, Francis Dupuis-Déri, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Quebec, en Montreal, recuerda que las redes sociales permiten que se convoque y movilice a grupos rápidamente. La insatisfacción generalizada les abre espacio en las calles.

Los black blocs no tienen un líder o un representante para dialogar con el gobierno o las instituciones y, tanto antes como después de las manifestaciones, el grupo no existe.
Esa clase de manifestación ganó impulso en las protestas contra el capitalismo y el neoliberalismo, como en la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Seattle, en 1999, y en Roma, en 2001.
Los explicadores profesionales suelen encontrar respuesta para todo. Hablan de la creciente y justificada insatisfacción mundial con los gobiernos y con el sistema económico. Por cierto: la situación de los maestros municipales y estatales de Río merece toda insatisfacción posible. Pero la verdad es que la actuación de los grupos cuya dimensión es inversamente proporcional a su capacidad de violencia no hace más que vaciar la fuerza de las manifestaciones populares. Y además, abre espacio para la saña de la policía carioca que, nunca es demasiado recordar, es de las más violentas y corruptas del mundo.
Los black blocs brasileños ganaron visibilidad, por cierto. Pero han alejado parte sustancial de la opinión pública que llegó a ver, en las manifestaciones callejeras, por más difusos que fuesen sus propósitos, un espacio de crítica a la política y a las instituciones. Predomina, ahora, la imagen de la violencia por la ­violencia.

Consultado 18 de octubre 2013
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Luego de las manifestaciones que colmaron las calles de las principales ciudades brasileñas en junio y julio, parecía que las marchas seguirían hasta que algo ocurriese. Bueno, nada concreto ocurrió, y las marchas perdieron fuerza. Al mismo tiempo se registró otro fenómeno que pasó a ocupar la atención: grupos que salen a las calles destrozando todo lo que esté a su alcance. El impacto de manifestaciones multitudinarias se desvanece mientras empieza a predominar el rechazo de la opinión pública a la actuación de grupos cuyos propósitos nadie parece entender.
Publicado el: 17 de octubre de 2013
Opinión: ¿Por qué las manifestaciones populares pierden fuerza en Brasil?
Integrantes del Black Bloc lanzan consignas, durante una protesta en apoyo a la huelga de los maestros, afuera de la Asamblea Municipal de Río de Janeiro, el 7 de octubre. Foto: Reuters

Eric Nepomuceno
Publicada el 14 de octubre en la versión impresa.
Luego de las manifestaciones que colmaron las calles de las principales ciudades brasileñas en junio y julio, parecía que las marchas seguirían hasta que algo ocurriese. Bueno, nada concreto ocurrió, y las marchas perdieron fuerza. Al mismo tiempo se registró otro fenómeno que pasó a ocupar las atenciones: grupos que salen a las calles destrozando todo lo que esté a su alcance. Así, el impacto de manifestaciones multitudinarias se desvanece mientras empieza a predominar el rechazo de la opinión pública a la actuación de grupos cuyos propósitos nadie parece entender.
Suelen surgir en bandos de entre 100 y 200, principalmente en Río y Sao Paulo. Ropas negras, mochilas negras, máscaras negras, banderas negras y escudos de cualquier color, creados a partir de placas de publicidad o de paradas de autobús; caminan en bloque hasta que de repente se dispersan y empiezan a atacar sucursales de bancos, edificios públicos, comercios y luego lo que sea.
Son los black blocs y han comprobado su poder de llamar la atención. La gran prensa los califica de vándalos. Ellos se definen como anarquistas que luchan contra el sistema. ¿Cuál sistema? Ese que nos domina. Es decir, el capitalismo. De ahí la preferencia por los establecimientos bancarios, símbolo más visible del sistema.
En su más reciente irrupción en Río de Janeiro, el pasado lunes 7 de octubre, en poco más de dos horas atacaron 13 sucursales bancarias en el centro de la ciudad. Y, ya que de atacar al capitalismo se trata, también fueron destruidas y saqueadas tiendas de una operadora de telefonía celular, un local de McDonald’s, dos oficinas de compañías aéreas, dos bares, un restaurante, un número no contabilizado de quioscos de revistas y paradas de autobús, la cámara de concejales municipales, el teatro municipal (casa de ópera y música clásica) y, como daño colateral, porque así son las guerras, la fachada del consulado de Angola.
Era una marcha de profesores municipales y estatales, en huelga desde hace un mes contra la ausencia de una política educacional y principalmente laboral satisfactorias.
La radicalización de los sindicatos y la intransigencia de los gobiernos hacían prever una marcha tensa, pero los maestros hicieron gala del tan loado humor de los cariocas, y todo se deslizó pacíficamente hasta casi el final. Y entonces empezó la violencia, esta vez con derecho a transmisión directa por la televisión.
La actuación de los black blocs dejó de ser un fenómeno incipiente, como en las primeras manifestaciones de junio, para transformase en ingrediente indispensable en las marchas de protesta o reivindicación. La población de las grandes ciudades trata de decidirse entre seguir respaldando las manifestaciones y repudiarlas a raíz de la violencia y los actos de vandalismo.
Los black blocs no tienen liderazgo conocido, no envían mensajes a la opinión pública, no hablan con periodistas, no buscan dialogar con ninguna institución y no tienen otra organización que convocarse vía Internet.
Siguen a sus pares que actúan en otras latitudes, de Egipto a Grecia, de Estados Unidos a Turquía. No se trata de la violencia espontánea de grupos populares iracundos: dicen los que los estudian (porque ya los hay) que la violencia de los black blocs busca responder a la creciente insatisfacción global con los gobiernos y las economías de prácticamente todo el mundo.
Uno de esos estudiosos, Francis Dupuis-Déri, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Quebec, en Montreal, recuerda que las redes sociales permiten que se convoque y movilice a grupos rápidamente. La insatisfacción generalizada les abre espacio en las calles.
Los black blocs no tienen un líder o un representante para dialogar con el gobierno o las instituciones y, tanto antes como después de las manifestaciones, el grupo no existe.
Esa clase de manifestación ganó impulso en las protestas contra el capitalismo y el neoliberalismo, como en la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Seattle, en 1999, y en Roma, en 2001.
Los explicadores profesionales suelen encontrar respuesta para todo. Hablan de la creciente y justificada insatisfacción mundial con los gobiernos y con el sistema económico. Por cierto: la situación de los maestros municipales y estatales de Río merece toda insatisfacción posible. Pero la verdad es que la actuación de los grupos cuya dimensión es inversamente proporcional a su capacidad de violencia no hace más que vaciar la fuerza de las manifestaciones populares. Y además, abre espacio para la saña de la policía carioca que, nunca es demasiado recordar, es de las más violentas y corruptas del mundo.
Los black blocs brasileños ganaron visibilidad, por cierto. Pero han alejado parte sustancial de la opinión pública que llegó a ver, en las manifestaciones callejeras, por más difusos que fuesen sus propósitos, un espacio de crítica a la política y a las instituciones. Predomina, ahora, la imagen de la violencia por la ­violencia.
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Publicado el: 17 de octubre de 2013
Opinión: ¿Por qué las manifestaciones populares pierden fuerza en Brasil?
Integrantes del Black Bloc lanzan consignas, durante una protesta en apoyo a la huelga de los maestros, afuera de la Asamblea Municipal de Río de Janeiro, el 7 de octubre. Foto: Reuters

Eric Nepomuceno
Publicada el 14 de octubre en la versión impresa.
Luego de las manifestaciones que colmaron las calles de las principales ciudades brasileñas en junio y julio, parecía que las marchas seguirían hasta que algo ocurriese. Bueno, nada concreto ocurrió, y las marchas perdieron fuerza. Al mismo tiempo se registró otro fenómeno que pasó a ocupar las atenciones: grupos que salen a las calles destrozando todo lo que esté a su alcance. Así, el impacto de manifestaciones multitudinarias se desvanece mientras empieza a predominar el rechazo de la opinión pública a la actuación de grupos cuyos propósitos nadie parece entender.
Suelen surgir en bandos de entre 100 y 200, principalmente en Río y Sao Paulo. Ropas negras, mochilas negras, máscaras negras, banderas negras y escudos de cualquier color, creados a partir de placas de publicidad o de paradas de autobús; caminan en bloque hasta que de repente se dispersan y empiezan a atacar sucursales de bancos, edificios públicos, comercios y luego lo que sea.
Son los black blocs y han comprobado su poder de llamar la atención. La gran prensa los califica de vándalos. Ellos se definen como anarquistas que luchan contra el sistema. ¿Cuál sistema? Ese que nos domina. Es decir, el capitalismo. De ahí la preferencia por los establecimientos bancarios, símbolo más visible del sistema.
En su más reciente irrupción en Río de Janeiro, el pasado lunes 7 de octubre, en poco más de dos horas atacaron 13 sucursales bancarias en el centro de la ciudad. Y, ya que de atacar al capitalismo se trata, también fueron destruidas y saqueadas tiendas de una operadora de telefonía celular, un local de McDonald’s, dos oficinas de compañías aéreas, dos bares, un restaurante, un número no contabilizado de quioscos de revistas y paradas de autobús, la cámara de concejales municipales, el teatro municipal (casa de ópera y música clásica) y, como daño colateral, porque así son las guerras, la fachada del consulado de Angola.
Era una marcha de profesores municipales y estatales, en huelga desde hace un mes contra la ausencia de una política educacional y principalmente laboral satisfactorias.
La radicalización de los sindicatos y la intransigencia de los gobiernos hacían prever una marcha tensa, pero los maestros hicieron gala del tan loado humor de los cariocas, y todo se deslizó pacíficamente hasta casi el final. Y entonces empezó la violencia, esta vez con derecho a transmisión directa por la televisión.
La actuación de los black blocs dejó de ser un fenómeno incipiente, como en las primeras manifestaciones de junio, para transformase en ingrediente indispensable en las marchas de protesta o reivindicación. La población de las grandes ciudades trata de decidirse entre seguir respaldando las manifestaciones y repudiarlas a raíz de la violencia y los actos de vandalismo.
Los black blocs no tienen liderazgo conocido, no envían mensajes a la opinión pública, no hablan con periodistas, no buscan dialogar con ninguna institución y no tienen otra organización que convocarse vía Internet.
Siguen a sus pares que actúan en otras latitudes, de Egipto a Grecia, de Estados Unidos a Turquía. No se trata de la violencia espontánea de grupos populares iracundos: dicen los que los estudian (porque ya los hay) que la violencia de los black blocs busca responder a la creciente insatisfacción global con los gobiernos y las economías de prácticamente todo el mundo.
Uno de esos estudiosos, Francis Dupuis-Déri, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Quebec, en Montreal, recuerda que las redes sociales permiten que se convoque y movilice a grupos rápidamente. La insatisfacción generalizada les abre espacio en las calles.
Los black blocs no tienen un líder o un representante para dialogar con el gobierno o las instituciones y, tanto antes como después de las manifestaciones, el grupo no existe.
Esa clase de manifestación ganó impulso en las protestas contra el capitalismo y el neoliberalismo, como en la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Seattle, en 1999, y en Roma, en 2001.
Los explicadores profesionales suelen encontrar respuesta para todo. Hablan de la creciente y justificada insatisfacción mundial con los gobiernos y con el sistema económico. Por cierto: la situación de los maestros municipales y estatales de Río merece toda insatisfacción posible. Pero la verdad es que la actuación de los grupos cuya dimensión es inversamente proporcional a su capacidad de violencia no hace más que vaciar la fuerza de las manifestaciones populares. Y además, abre espacio para la saña de la policía carioca que, nunca es demasiado recordar, es de las más violentas y corruptas del mundo.
Los black blocs brasileños ganaron visibilidad, por cierto. Pero han alejado parte sustancial de la opinión pública que llegó a ver, en las manifestaciones callejeras, por más difusos que fuesen sus propósitos, un espacio de crítica a la política y a las instituciones. Predomina, ahora, la imagen de la violencia por la ­violencia.
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Publicado el: 17 de octubre de 2013
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Integrantes del Black Bloc lanzan consignas, durante una protesta en apoyo a la huelga de los maestros, afuera de la Asamblea Municipal de Río de Janeiro, el 7 de octubre. Foto: Reuters

Eric Nepomuceno
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Luego de las manifestaciones que colmaron las calles de las principales ciudades brasileñas en junio y julio, parecía que las marchas seguirían hasta que algo ocurriese. Bueno, nada concreto ocurrió, y las marchas perdieron fuerza. Al mismo tiempo se registró otro fenómeno que pasó a ocupar las atenciones: grupos que salen a las calles destrozando todo lo que esté a su alcance. Así, el impacto de manifestaciones multitudinarias se desvanece mientras empieza a predominar el rechazo de la opinión pública a la actuación de grupos cuyos propósitos nadie parece entender.
Suelen surgir en bandos de entre 100 y 200, principalmente en Río y Sao Paulo. Ropas negras, mochilas negras, máscaras negras, banderas negras y escudos de cualquier color, creados a partir de placas de publicidad o de paradas de autobús; caminan en bloque hasta que de repente se dispersan y empiezan a atacar sucursales de bancos, edificios públicos, comercios y luego lo que sea.
Son los black blocs y han comprobado su poder de llamar la atención. La gran prensa los califica de vándalos. Ellos se definen como anarquistas que luchan contra el sistema. ¿Cuál sistema? Ese que nos domina. Es decir, el capitalismo. De ahí la preferencia por los establecimientos bancarios, símbolo más visible del sistema.
En su más reciente irrupción en Río de Janeiro, el pasado lunes 7 de octubre, en poco más de dos horas atacaron 13 sucursales bancarias en el centro de la ciudad. Y, ya que de atacar al capitalismo se trata, también fueron destruidas y saqueadas tiendas de una operadora de telefonía celular, un local de McDonald’s, dos oficinas de compañías aéreas, dos bares, un restaurante, un número no contabilizado de quioscos de revistas y paradas de autobús, la cámara de concejales municipales, el teatro municipal (casa de ópera y música clásica) y, como daño colateral, porque así son las guerras, la fachada del consulado de Angola.
Era una marcha de profesores municipales y estatales, en huelga desde hace un mes contra la ausencia de una política educacional y principalmente laboral satisfactorias.
La radicalización de los sindicatos y la intransigencia de los gobiernos hacían prever una marcha tensa, pero los maestros hicieron gala del tan loado humor de los cariocas, y todo se deslizó pacíficamente hasta casi el final. Y entonces empezó la violencia, esta vez con derecho a transmisión directa por la televisión.
La actuación de los black blocs dejó de ser un fenómeno incipiente, como en las primeras manifestaciones de junio, para transformase en ingrediente indispensable en las marchas de protesta o reivindicación. La población de las grandes ciudades trata de decidirse entre seguir respaldando las manifestaciones y repudiarlas a raíz de la violencia y los actos de vandalismo.
Los black blocs no tienen liderazgo conocido, no envían mensajes a la opinión pública, no hablan con periodistas, no buscan dialogar con ninguna institución y no tienen otra organización que convocarse vía Internet.
Siguen a sus pares que actúan en otras latitudes, de Egipto a Grecia, de Estados Unidos a Turquía. No se trata de la violencia espontánea de grupos populares iracundos: dicen los que los estudian (porque ya los hay) que la violencia de los black blocs busca responder a la creciente insatisfacción global con los gobiernos y las economías de prácticamente todo el mundo.
Uno de esos estudiosos, Francis Dupuis-Déri, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Quebec, en Montreal, recuerda que las redes sociales permiten que se convoque y movilice a grupos rápidamente. La insatisfacción generalizada les abre espacio en las calles.
Los black blocs no tienen un líder o un representante para dialogar con el gobierno o las instituciones y, tanto antes como después de las manifestaciones, el grupo no existe.
Esa clase de manifestación ganó impulso en las protestas contra el capitalismo y el neoliberalismo, como en la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Seattle, en 1999, y en Roma, en 2001.
Los explicadores profesionales suelen encontrar respuesta para todo. Hablan de la creciente y justificada insatisfacción mundial con los gobiernos y con el sistema económico. Por cierto: la situación de los maestros municipales y estatales de Río merece toda insatisfacción posible. Pero la verdad es que la actuación de los grupos cuya dimensión es inversamente proporcional a su capacidad de violencia no hace más que vaciar la fuerza de las manifestaciones populares. Y además, abre espacio para la saña de la policía carioca que, nunca es demasiado recordar, es de las más violentas y corruptas del mundo.
Los black blocs brasileños ganaron visibilidad, por cierto. Pero han alejado parte sustancial de la opinión pública que llegó a ver, en las manifestaciones callejeras, por más difusos que fuesen sus propósitos, un espacio de crítica a la política y a las instituciones. Predomina, ahora, la imagen de la violencia por la ­violencia.
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Publicado el: 17 de octubre de 2013
Opinión: ¿Por qué las manifestaciones populares pierden fuerza en Brasil?
Integrantes del Black Bloc lanzan consignas, durante una protesta en apoyo a la huelga de los maestros, afuera de la Asamblea Municipal de Río de Janeiro, el 7 de octubre. Foto: Reuters

Eric Nepomuceno
Publicada el 14 de octubre en la versión impresa.
Luego de las manifestaciones que colmaron las calles de las principales ciudades brasileñas en junio y julio, parecía que las marchas seguirían hasta que algo ocurriese. Bueno, nada concreto ocurrió, y las marchas perdieron fuerza. Al mismo tiempo se registró otro fenómeno que pasó a ocupar las atenciones: grupos que salen a las calles destrozando todo lo que esté a su alcance. Así, el impacto de manifestaciones multitudinarias se desvanece mientras empieza a predominar el rechazo de la opinión pública a la actuación de grupos cuyos propósitos nadie parece entender.
Suelen surgir en bandos de entre 100 y 200, principalmente en Río y Sao Paulo. Ropas negras, mochilas negras, máscaras negras, banderas negras y escudos de cualquier color, creados a partir de placas de publicidad o de paradas de autobús; caminan en bloque hasta que de repente se dispersan y empiezan a atacar sucursales de bancos, edificios públicos, comercios y luego lo que sea.
Son los black blocs y han comprobado su poder de llamar la atención. La gran prensa los califica de vándalos. Ellos se definen como anarquistas que luchan contra el sistema. ¿Cuál sistema? Ese que nos domina. Es decir, el capitalismo. De ahí la preferencia por los establecimientos bancarios, símbolo más visible del sistema.
En su más reciente irrupción en Río de Janeiro, el pasado lunes 7 de octubre, en poco más de dos horas atacaron 13 sucursales bancarias en el centro de la ciudad. Y, ya que de atacar al capitalismo se trata, también fueron destruidas y saqueadas tiendas de una operadora de telefonía celular, un local de McDonald’s, dos oficinas de compañías aéreas, dos bares, un restaurante, un número no contabilizado de quioscos de revistas y paradas de autobús, la cámara de concejales municipales, el teatro municipal (casa de ópera y música clásica) y, como daño colateral, porque así son las guerras, la fachada del consulado de Angola.
Era una marcha de profesores municipales y estatales, en huelga desde hace un mes contra la ausencia de una política educacional y principalmente laboral satisfactorias.
La radicalización de los sindicatos y la intransigencia de los gobiernos hacían prever una marcha tensa, pero los maestros hicieron gala del tan loado humor de los cariocas, y todo se deslizó pacíficamente hasta casi el final. Y entonces empezó la violencia, esta vez con derecho a transmisión directa por la televisión.
La actuación de los black blocs dejó de ser un fenómeno incipiente, como en las primeras manifestaciones de junio, para transformase en ingrediente indispensable en las marchas de protesta o reivindicación. La población de las grandes ciudades trata de decidirse entre seguir respaldando las manifestaciones y repudiarlas a raíz de la violencia y los actos de vandalismo.
Los black blocs no tienen liderazgo conocido, no envían mensajes a la opinión pública, no hablan con periodistas, no buscan dialogar con ninguna institución y no tienen otra organización que convocarse vía Internet.
Siguen a sus pares que actúan en otras latitudes, de Egipto a Grecia, de Estados Unidos a Turquía. No se trata de la violencia espontánea de grupos populares iracundos: dicen los que los estudian (porque ya los hay) que la violencia de los black blocs busca responder a la creciente insatisfacción global con los gobiernos y las economías de prácticamente todo el mundo.
Uno de esos estudiosos, Francis Dupuis-Déri, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Quebec, en Montreal, recuerda que las redes sociales permiten que se convoque y movilice a grupos rápidamente. La insatisfacción generalizada les abre espacio en las calles.
Los black blocs no tienen un líder o un representante para dialogar con el gobierno o las instituciones y, tanto antes como después de las manifestaciones, el grupo no existe.
Esa clase de manifestación ganó impulso en las protestas contra el capitalismo y el neoliberalismo, como en la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Seattle, en 1999, y en Roma, en 2001.
Los explicadores profesionales suelen encontrar respuesta para todo. Hablan de la creciente y justificada insatisfacción mundial con los gobiernos y con el sistema económico. Por cierto: la situación de los maestros municipales y estatales de Río merece toda insatisfacción posible. Pero la verdad es que la actuación de los grupos cuya dimensión es inversamente proporcional a su capacidad de violencia no hace más que vaciar la fuerza de las manifestaciones populares. Y además, abre espacio para la saña de la policía carioca que, nunca es demasiado recordar, es de las más violentas y corruptas del mundo.
Los black blocs brasileños ganaron visibilidad, por cierto. Pero han alejado parte sustancial de la opinión pública que llegó a ver, en las manifestaciones callejeras, por más difusos que fuesen sus propósitos, un espacio de crítica a la política y a las instituciones. Predomina, ahora, la imagen de la violencia por la ­violencia.
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jueves, 17 de octubre de 2013

El poder de la publicidad, una amenaza contra el individuo y el planeta



La publicidad, que sostiene al sistema de consumo dominante, es una seria amenaza contra el ecosistema planetario, los recursos naturales y hasta nuestra individualidad, que al ser expuesta a la propaganda de la mente grupal se aleja de su autoconocimiento y autorrealización

Por: Alejandro de Pourtales - 05/09/2011 a las 00:09:39 

 

 


La ubicuidad de la publicidad hace que generalmente no reparemos en su efecto y en lo que significa para el orden de las cosas. A lo mucho consideramos sus mensajes como una molestia menor y zappeamos o bloqueamos instintivamente sus imágenes cuando navegamos por Internet o vamos por un horizonte urbano. Pero seamos consciente o no de su presencia, esta se filtra a lo más profundo de la psique colectiva e influye en el mundo que habitamos.
La era de los medios masivos de comunicación es también, indisociablemente, la era de la publicidad. Ya que la publicidad, una industria anual de medio billón de dólares, fondea la comunicación en todo el mundo, la información está en buena medida determinada por las grandes corporaciones que inyectan miles de millones de dólares a los consorcios mediáticos. Recordemos que en el sentido más básico la información es lo que programa nuestra realidad. Ahora bien, la publicidad sirve a una serie de intereses, el principal de ellos: la propagación de un estilo de vida.
Uno de los padres de la publicidad fue Ed Bernays (sobrino de Sigmund Freud), para quien la publicidad es un eufemismo de la propaganda (después de Goebbels este término fue relegado justamente como una estrategia de marketing de la misma publicidad). Bernays desarrolló una serie de conceptos que marcarían el destino de la publicidad, entre ellos el de “ingeniería del consenso” o “empoderamiento a través del consumo”, implementando el modus operandi fundamental de la asociación de un producto con el inconsciente (algo que tal vez aprendió de su ilustre tío). Actualmente, gracias a Bernays y a otros más, la publicidad es la propaganda del consumismo por todos los medios posibles. Más allá de un mensaje puntual de tal o cual producto, la publicidad promueve siempre el consumo y esto es algo que tiene serias consecuencias en el individuo y el planeta.
El profesor Justin Lewis, de la Universidad de Cardiff, ha escrito un notable ensayo sobre los peligros de la publicidad en el mundo actual, haciendo hincapié en que podemos estar acercándonos al punto en el que la publicidad se convierta en un serio peligro para el planeta.
Lewis advierte que la publicidad es el género principal de TV que vemos. Un espectador británico ve en promedio 48 comerciales de televisión al día; en Estados Unidos una persona se expone a 25 mil comerciales año. En Australia una tercera parte del tiempo de TV es publicidad; en Estados Unidos la cifra se acerca al 40%. Y si bien muchos de nosotros nos sentimos inmunes a la publicidad, ya que supuestamente tenemos criterio y somos analíticos, numerosos estudios muestran que el cine y la televisión penetran nuestro inconsciente afectándonos de diversas formas.
La multimillonaria industria de la publicidad sabe que para ser efectiva debe de emplear una serie de trucos o técnicas de persuasión, y para eso paga sueldos astronómicos a las personas más “creativas” del planeta —convirtiéndose en una especie de calamar vampiro de la creatividad. Algunas de las mentes que podrían ser las mejores de nuestra generación (si tan solo abandonaran la industria del marketing y la publicidad) queman sus neuronas buscando la manera de engañar a las personas para que compren un producto. De manera algo deleznable, en los rascacielos de las grandes urbes del mundo puedes ver a un grupo de creativos tomando LSD para invocar una “gran idea” que haga a tal candidato obtener más votos, o fumando marihuana o quizás sirviéndose una “cuba” o un whiskey de su minibar para pensar en algo que te haga desear (sin saber por qué) comprar más Coca-Colas. Y así sucesivamente  mucha de la energía creativa de nuestro mundo se consume en un loop de circuito cerrado alimentando a la sociedad consumo. Esto sin contar que la mayoría del presupuesto que se destina a la producción de comerciales es inmensamente superior al presupuesto que se tiene para obras de creación artística, científica o educativa.
Mientras tanto, de manera taimada o solo ingenua asumimos que la industria publicitaria es esencialmente apolítica. 
«La publicidad podrá ser individualmente inocente, pero colectivamente es el ala propagandística de la ideología consumista. La moral de las miles de diferentes historias que cuenta es que la única forma de asegurar el placer, la popularidad, la seguridad, la felicidad o la prosperidad es a través de comprar más; más consumo sin importar lo que ya tenemos», escribe el profesor Lewis.
Este mensaje que hace del santo grial de nuestra existencia una serie de productos que de alguna forma —si tenemos suficientes— nos harán cumplir nuestros sueños, aquello que vemos en las personas que aparecen en la TV y en las películas, es evidentemente una enorme falacia. Como indica Lewis, existen estudios que claramente marcan que no hay una conexión entre el volumen de objetos de consumo que una persona acumula y su bienestar. No solo no necesitamos un gadget o un nuevo cosmético para sobrevivir en un plano material ni en uno emocional, sino todo lo contrario: los objetos de consumo son muchas veces lo que nos permite no enfrentarnos con nuestra emociones, sumiéndolas en un plano inconsciente.
«La investigación muestra que una caminata en el parque, la interacción social o el trabajo como voluntarios hará más por nuestro bienestar que cualquier cantidad de “terapia de compras”. La publicidad, en ese sentido, nos empuja a maximizar nuestros ingresos en vez nuestro tiempo. Nos aleja de las actividades que nos dan placer y significado en nuestras vidas llevándonos a una arena que no nos puede proporcionar esto —lo que Sut Jhallu llama “el mundo muerto de las cosas”», escribe Lewis en Open Democracy.
Aún más importante es el hecho de que, en un mundo finito,  nuestro ritmo de crecimiento de consumo es insostenible. Para el fin de este siglo, si seguimos consumiendo como lo estamos haciendo, la economía mundial tendrá que ser 80 veces más grande —y los recursos naturales del planeta lo sufrirán.
Además de amenazar el ecosistema, la publicidad es parte fundamental del programa cultural de la mente grupal: una transmisión memética que, sin aplicar un juicio de valor, nos moldea individualmente conforme a un paradigma establecido por aquella élite que se dedica a la ingeniería del consenso, para poder mantener el status quo. En cierta forma la publicidad es la forma en la que la clase dominante se comunica con las masas, una comunicación vertical, desde la cima de la pirámide electrónica hacia abajo.
«Si entendemos el mecanismo y los motivos de la mente grupal, entonces, ¿no sería posible controlar y regimentar a las masas, según nuestra propia voluntad sin que ellos lo sepan? La reciente práctica de la propaganda ha probado que es posible», escribió Ed Bernays en los albores fundacionales de la publicidad.
La publicidad actualmente, con la industria del infotainment, va más allá de los anuncios comerciales, penetra el contenido de la mayorías de los programas en los medios masivos, es en sí  misma el programa dominante:
«Este programa de deseo sexual incluye todas las cosas que se requieren para tener sexo: dinero, estatus, éxito, imagen, belleza, estar en forma, confianza, carisma social y otros. Todas estas cosas son deseables para nosotros de acuerdo con un fin especifico: tener sexo. La publicidad es un recordatorio constante de lo anterior, lo mismo que el porno. Actualmente los dos se han fundido: la publicidad es frecuentemente pornográfica y los sitios de pornografía (al igual que los de encontrar pareja) y sus anunciantes han inundado, literalmente, el Internet», escribe Aeolus Kephas, en Escritores del Cielo en Hades
El mass media, con su masaje masivo de la psique, nos recuerda constantemente, en su fusión con la publicidad, todas las cosas que necesitamos para tener sexo, para ser felices o para conseguir nuestro sueños. Y de tanto recordárnoslo —la tautología que se vuelve verdad— nos implanta una especie de memoria y deseo ajeno, donde corremos el peligro de querer (e incluso conseguir) lo que todos quieren —y dejar a un lado el descubrimiento y la búsqueda del individuo, que solo puede ser él mismo, en su totalidad, si se desprende del colectivo y de la programación mental masiva.
Twitter del autor: @alepholo

fuente: http://pijamasurf.com/2011/09/el-poder-de-la-publicidad-una-amenaza-contra-el-individuo-y-el-planeta/ consultado 18 de octubre 2013

jueves, 10 de octubre de 2013

Chomsky: EE.UU. se declara dueño del mundo, al margen del derecho internacional



El académico y lingüista estadounidense Noam Chomsky concedió una entrevista exclusiva a RT en la que abordó temas cruciales de actualidad, como las armas químicas en Siria, las relaciones entre EE.UU. e Irán.
RT: El nuevo presidente de Irán, Hasán Ruhaní, ha resultado ser mucho más moderado que su predecesor. Su reciente viaje a EE.UU. fue visto como un gran avance y los presidentes de ambos países hablaron por primera vez en más de 30 años. ¿Ve algún cambio en la política de EE.UU. hacia Irán?  

 
Noam Chomsky: La verdadera cuestión es qué va a pasar en Estados Unidos. La forma en la que el problema se presenta en Estados Unidos y en la mayor parte de Occidente. El problema es la intransigencia de Irán y su rechazo a las demandas de la comunidad internacional. Hay mucho que criticar en Irán, pero el problema real es muy diferente.  
 
Es el rechazo de Occidente, principalmente de EE.UU., a entablar una diplomacia seria con Irán. Y en cuanto a la violación de la voluntad de la comunidad internacional por parte de Irán, esto depende de la definición, bastante específica, de la comunidad internacional, que es estándar en Occidente, donde el término se refiere a Estados Unidos y a todo aquel que lo acompaña. 

Si la comunidad internacional se refiere al mundo, entonces la historia es muy diferente. Por ejemplo, los Países no Alineados, que son la mayoría de la población mundial, han apoyado vigorosamente el derecho de Irán a enriquecer uranio y todavía lo hacen.  
Nos declaramos los dueños del mundo: Lo que decidimos se aplica universalmente. No importa lo que el derecho internacional estipule 
EE.UU. viola el derecho internacional

También merece la pena recordar que todos los días Estados Unidos e Israel violan el derecho internacional. La Carta de la ONU, si le importa a alguien, prohíbe amenazar o usar la fuerza en los asuntos internacionales. Cada vez que un funcionario dice que "todas las opciones están abiertas" eso es un acto criminal. Aquí a nadie le importa. Se supone que debemos ser capaces de llevar a cabo actos criminales y, de hecho, ayer esto quedó ilustrado de forma dramática.

Si usted lee el The New York Times de ayer, en la portada verá un gran artículo sobre la captura de Abu Anas, objetivo yihadista en Libia, lea el artículo hasta el final y verá una cita del Secretario de Estado a quien le preguntan en una conferencia de prensa si esta captura fue legal y que dice así: "Sí, esto es legal porque está de acuerdo con la legislación estadounidense". Eso significa que la ley estadounidense dice que podemos ir a cualquier país que nos guste y secuestrar a quien queramos y que eso es legal. 

Supongamos que Al- Qaeda o algún otro país, Yemen o el que sea, llega a Estados Unidos y secuestra a John Kerry. ¿Es eso legal si es legal según sus leyes? Lo que esto significa es que nos declaramos los dueños del mundo: Lo que decidimos se aplica universalmente. No importa lo que el derecho internacional estipule, nadie más tiene estos derechos. Un reportaje honesto habría puesto esto como titular y hubiera explicado lo que significa, pero nadie va a comentar esto en EE.UU. o en Inglaterra o, probablemente, en la mayor parte del mundo, aunque estos son hechos muy importantes.   
 Supongamos que Al- Qaeda o algún otro país, Yemen o el que sea, llega a Estados Unidos y secuestra a John Kerry. ¿Es eso legal si es legal según sus leyes? Lo que esto significa es que nos declaramos los dueños del mundo 
RT: Me gustaría preguntarle sobre Siria. Acaban de iniciar la destrucción de su arsenal químico. EE.UU. ahora aparentemente está de acuerdo con Rusia en que tal vez la intervención militar no es la mejor opción ¿Espera provocaciones de los rebeldes armados para tratar de obstaculizar este paso hacia el desarme?

Noam Chomsky: Hay muchos grupos rebeldes armados y son impredecibles. Muchos de ellos están luchando entre sí y muchos de ellos son locales. Algunos de ellos incluso están presionando por la autonomía, como en la zona kurda. 

También hay elementos democráticos seculares que, personalmente, son la clase de gente a la que me gustaría ver hacerse cargo de la situación, pero la dinámica del conflicto armado es que los elementos más duros y más brutales tienden a pasar a primer plano.

En realidad, está muy bien deshacerse de las armas químicas sirias, eso es genial, pero no es lo que la política debe ser. Cuando el presidente Obama y la prensa hablan de la convención sobre armas químicas, tergiversan su mensaje a propósito. Indicar que la Convención sobre Armas Químicas prohíbe el uso de armas químicas es mencionar solo una parte de la historia.
 Las armas químicas sirias no están ahí sólo por estar, estaban allí para contrarrestar las armas nucleares de Israel 
La Convención prohíbe la producción, el almacenamiento o el uso de armas químicas. Pero la producción y el almacenamiento no se pueden mencionar porque si usted lo menciona, tiene que desmantelar las armas químicas de Israel; por lo tanto, no se pueden mencionar. Pero esta es una oportunidad perfecta para pasar a eliminar las armas químicas de la región, no sólo de Siria, sin sacarlas de la región.

Las armas químicas sirias no están ahí sólo por estar, estaban allí para contrarrestar las armas nucleares de Israel.

Israel es el único país con capacidad nuclear masiva en la región. Así que hay una cuestión más amplia, que se remonta a la cuestión de una zona libre de armas de destrucción masiva en Oriente Medio, que EE.UU. ha estado bloqueando por la misma razón. Así que esta es una solución parcial, es buena en sí misma, pero muy parcial. Mayores posibilidades no se están llevando a cabo y ni siquiera se discuten fuera de áreas muy marginales.

consultado 10 de octubre 2013